Paisajes relacionales.

Por Valeria Mata [1]


Los paisajes naturales y prístinos no existen. Los humanos han modificado sus entornos desde hace milenios y han tenido encuentros y desencuentros con todo tipo de especies, desde mamuts hasta microbios, rocas o hielo. Nuestra incidencia en el espacio —a partir de procesos políticos, económicos, artísticos, militares, turísticos, etcétera— es visible desde las pinturas rupestres y el diseño de jardines, hasta la explotación de minas o los efectos de la bomba atómica.

Como ya lo han dicho Henri Lefebvre, Milton Santos, y otras investigadoras e investigadores, el espacio no es un vacío por llenar, sino una producción social en devenir continuo y con diversas funciones simbólicas, culturales y lúdicas. El espacio es algo inacabado, siempre en tensión y disputa, donde se hace evidente la desigualdad y la diferencia.

Alfredo Esparza Cárdenas, en consonancia con este enfoque social del espacio, defiende una idea relacional del paisaje, y se pregunta continuamente cómo interactúan en él los diferentes tipos de vida —animales, flores, humanos, raíces, minerales— y los vestigios que dejan esos encuentros. Su obra nos permite ver que el territorio no es una categoría estática o un pedazo de tierra propiedad de alguien, sino un ecosistema de elementos cambiantes. Nos muestra que el espacio no es solo una producción arquitectónica o estética, sino un conjunto de relaciones y prácticas diversas.

La geografía tampoco es solo física y estadística, sino corporal e incluso poética. En ese sentido, recorrer el paisaje desde el propio cuerpo, con atención y cuidado, es importante para aprender sobre él y con él. Una parte fundamental del trabajo de Alfredo son las salidas al campo, su convivencia con el territorio, donde encuentra una infinidad de objetos improbables que fotografía o escanea. Antes de emprender el viaje, explora mapas en internet e identifica las rutas por las que después hará largas caminatas en compañía de Aplausos y Runa, sus dos perras y coinvestigadoras. Ya en el campo, van encontrando restos y huellas en equipo, se sorprenden juntos, se cuidan mutuamente de serpientes y coches: una ve lo que el otro es incapaz de percibir y viceversa [2].

Las conexiones entre poder y espacio son estrechas. Michel Serres dice que el ser humano ha llevado a cabo, en los entornos en los que vive, una “apropiación por contaminación”. Contaminar es poseer, es marcar el territorio para excluir a otros del acceso a los recursos de los que el contaminador se apropia. Esto contrasta radicalmente con la concepción de inviolabilidad de la tierra, propia de las comunidades aborígenes en Australia, por ejemplo, en las que hacer una señal o una “herida” en el terreno se considera un acto grave que no puede cometerse a la ligera. La realidad es que cada vez es más notorio que los desechos que produce nuestra especie llegan a los lugares más remotos. Esto es algo que Alfredo ha documentado en sus expediciones al desierto y al monte profundo, donde ha encontrado piezas de plástico que cuelgan de los árboles, cofres de tráilers flotando en el agua, envolturas de comida, ropa interior y un sinfín de elementos que terminan integrándose al paisaje, ya sea fundiéndose con él de forma mimética o produciendo un contraste radical entre las figuras, las texturas y los colores.

Las fotografías y escanografías de Alfredo Esparza Cárdenas nos revelan la potencia de las agencias no humanas. Lo que él hace es presentarnos a esos seres enigmáticos que conoce, casi íntimamente, a lo largo de sus derivas. Estar frente a esas imágenes —o quizá sea mejor decir “retratos”— es percibir una presencia intensa que nos habla en otro lenguaje, desconocido pero absolutamente sugestivo.

[1] "Paisajes relacionales" se escribió para el texto del catálogo de la exposición "Monte profundo", del artista Alfredo Esparza Cárdenas. Dicha exposición estará vigente hasta el 31 de julio de 2021 en el Museo de la Cancillería, en Ciudad de México.

[2] En una de sus exploraciones, Aplausos encontró un pedazo de mandíbula humana y se lo llevó a Alfredo. Este hueso se reveló después como una marca de violencia, rodeada de otros residuos de crimen como casquillos de bala o ropa enredada entre los arbustos.

Valeria Mata

Ciudad de México, junio de 2021

Miguel Casco Arroyo

(Puebla, 1991) Artista visual, gestor cultural y museógrafo.

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